Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

domingo, 8 de junio de 2014

UN HOMBRE ALADO


 
 
    Sus alas casi no sienten el peso de las cadenas. Son tibias y gentiles. Bipean y zigzagean al ritmo de su corazón. Pero lo atan. Lo atan sin dejarlo cautivo para volar alrededor de las figuras que llenan la habitación. Y sin embargo están ausentes, solo miran la cama. Las cadenas ancladas a la cama, las cadenas las sostiene ella, la niña vestida de blanco, de pronto tiene la cara de su madre, y la cara de su amor, la cara de sus hermanos...
“Si estoy muerto iré al cielo” se dice decidido. Emprende el desapego, que siente que le derrota cada fibra de sus sentimientos. Pero sube, decidido esperando, sin embargo, que las cadenas lo impidieran. Pero eso no sucede. Sube hasta ver estrellas en pleno día... nada. “Tal vez el cielo no existe. Pero ¿que tal el infierno?”.
Entonces, con la misma premura quemante, cae en picada hasta el suelo negro que solo es una pantalla oscura ahora. Es solo una niebla llena de raíces y huesos. Tampoco se ve ningún infierno. Ya está reseco y sabe que necesita algo, pero no recuerda que puede ser. Hasta que siente una mano en la suya. Es una mano amiga, conocida. La ilusión lo golpea en el pecho y se voltea endulzado y feliz. Es la niña de la cadena. “Pero... ¿como?” vuelve a mirar allá lejos la cama. Pero la niña sigue allí, sosteniendo la cadena al lado de las figuras oscuras. “¿Quien esta en esa cama?”. Su mano quedó encadenada igual que sus alas. Se siente cálida, como la piel de una esposa. Ahora quiere volver. Ahora prefiere estar en esa cama. Quiere que lo tomen de la mano y se rían de sus bromas. Porque no hay vida del otro lado, son todas mentiras. La cama está tan cerca que casi la puede tocar pero vuela a toda velocidad y apenas se acerca. Se detiene a lamentarse y no puede llorar, sigue reseco. Se acurruca como una oruga abandonada en el invierno. Frío y oscuro se vuelve mientras cede a la desesperación. “Si no viajas nunca vas a llegar”. Es cierto. Vuela y vuela, extraña la tierra en sus pies y la piel en sus manos. “Un día llegaré. Espérenme”.

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